A medio camino entre el día de la elección de plaza y el día de la incorporación, me decido a escribir este post para contaros un poco cómo me siento. No penséis que no escribo nuevas entradas porque esté super liado, al contrario, no escribo nuevas entradas porque no hay mucho que contar.

Echando la vista atrás, sólo han pasado tres meses desde el examen y ya me parece un año. No sé si a todos les pasará lo mismo. Cuando acabas el examen todo es como “¡¡Bien, ahora tengo tiempo para hacer lo que quiera!!”, y todo va perfecto la primera semana, la segunda ya un poco más aburrida y a partir de la tercera los días se hacen eternos, al menos a mí,  que necesito estar siempre ocupado con algún tipo de actividad.

Por otro lado, ese pico de adrenalina traducido en euforia que se siente en el momento en el que ves que la plaza es tuya se va yendo poco a poco para transformarse en una mezcla de inseguridad y miedo. Algunos pensaréis “Tú eres tonto ¿pero miedo de qué si vas a hacer lo que siempre has querido?”; pues sí, pero lo tengo. Ojo, que esto no significa que no tenga ilusión y ganas ¿eh? Esta se va incrementando con el paso de los días. Estoy como un niño que espera su regalo de reyes y la noche anterior no puede dormir, solo que esta noche en lugar de 8 horas dura unas poquitas más.

Bueno, a lo que iba, el miedo. ¿Miedo a qué? Pues a un poco de todo, miedo a una situación totalmente nueva, miedo a no estar a la altura, miedo a no poder llevar a cabo todo lo que quiero hacer, miedo a no estar a gusto en mi lugar de trabajo; en definitiva MIEDO A LO DESCONOCIDO. Depués de tanto invertido me da miedo que lo que me encuentre no sea lo que yo esperaba. Imagino que más de uno estará pasando por esta misma situación.

Y nada más, sé que me ha quedado una entrada muy cortita, pero es que este tiempo de espera no da para mucho más que para pensar. Espero en la próximo post poder meterme en faena y contaros cosas sobre mis primeros días como residente, mientras tanto no queda otra que esperar.

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